Recuerdos

Cuento del 26 de Enero de 1987.

Cuando ella abrió sus ojos, no se sorprendió de no ver nada, más que esa obscuridad sin profundidad ni medidas que reinaba en el cuarto. Entonces, sin moverse, recorrió con su mano la cama. - "Nuestra cama" - reconoció, sintiendo las suaves y tibias sábanas que le rebelaban una ausencia. Giró lentamente su cuerpo y entonces vio cuando él pasaba frente a los débiles rayos de luz que se colaban por la persiana. - ¿Qué hora será? - pensaba - Es una de esas horas extrañas donde es demasiado tarde y a la vez demasiado temprano. Extraña hora.

Él adivinaba perillas y botones que encendían esas luces tan pequeñas que solo alcanzan a iluminarse a sí mismas. Por el momento solo eso, luego si, un ruido indescifrable seguido por un zumbido bajo pero constante, presagiaban el comienzo de la música, que empezó a sonar lenta y suave. Retrocedió moviéndose en el mismo ritmo que inundaba el cuarto.

Ella lo adivinaba entre las penumbras -¡Cómo embellece esa música una obscuridad tan densa!. Música... ese conjunto de notas y voces armoniosamente armado que despiertan tantos sentimientos y sensaciones de los más variados tipos... Y ahí está él, bailando, o como prefiere decir "interpretando música con movimientos". Esa nota, esa pausa, aquel sonido, de nuevo esa voz, todo parece influenciar las formas de su movimiento... otra nota, ese acento, cada uno provoca una reacción, un gesto, una pose y casi creo poder reconocer la música con solo verlo bailar. Él, a quien hace minutos, tal vez horas, abrazaba y amaba, ahora disfrutando de la música, es el mismo que de puro nervioso movía brazos y piernas al hablar, como cuando nos conocimos. No. Cuando nos vimos por primera vez, ya que el conocimiento mutuo vino mucho después. Era un niño que conjugaba cualidades tan contradictorias como audacia con timidez, descaro e inocencia. ¡Es increíble lo grandes que nos sentíamos a los 13 años!. Un día cualquiera se me para delante en la calle, un perfecto desconocido que me pregunta sin ningún preámbulo: ¿Qué debería hacer un chico como yo para invitar a una chica como vos a tomar un helado?. Me quede petrificada tratando de entender la pregunta mientras conteste sin pensar: Pedírmelo. Cuando escuche mi propia respuesta no lo podía creer, yo también era una chica tímida, mucho más con un chico desconocido. Y cuando esperaba la inminente invitación solo dijo: Chau. Y se fue. Quedé ahí parada sin entender nada, sorprendida y confundida, con un cierto alivio y a la vez medio tonta en una situación que no busqué. Volví a caminar, pero no sabía a donde quería ir.

Fue ese domingo que lo vi en la puerta de la iglesia. Entré sin que me viera y durante la misa no apareció por ningún lado.

Al terminar salí temerosa, mirando bajo, casi no veo a mis amigas a mi lado. Conversando con ellas me sentí más tranquila, pero apenas me desprendí del grupo apareció de la nada.

- Hola, te vi salir - me dijo. Yo lo miraba con renovada sorpresa y observaba que él estaba quizás más nervioso que yo. No tengo idea que dijo y tuvo que estar hablando solo un rato, porque no recuerdo haber dicho nada. Se despidió y desapareció. Me quede pensando: ¿Para que habría preguntado lo de la invitación si pareciera que jamás la iba a hacer?.

Esa semana pasó muy lentamente. Al otro domingo llegue temprano, solo para descubrir que no aparecía por ningún lado.

En esos momentos en que esperamos algo o estamos sin hacer nada, mi pensamiento fluía, imaginando lugares y situaciones, cosas que a pesar de no existir, a veces cobran tanta importancia como algo real. Pensaba en él.

Lo encontré un jueves, miraba su reflejo en una vidriera, pensativo, ajeno al mundo que lo rodeaba. Me sentí una espía descubriendo su secreto. Camine hasta él y lo miré a través de su reflejo, entonces me descubrió a su lado. No pareció sorprenderse.

Nos miramos lentamente y me preguntó: - ¿Querés un helado?.

Luego lo conocí, me gusto, lo quise, lo desee y ahora lo amo. Lo amo, quisiera decírselo.

- Ella despertó - pensó él. Esa seguridad lo perturbó y le generó una automática vergüenza que fue inhibiendo su movimiento solo por sentirse observado - ella me ama. La amo. Puedo ser yo sin temor.

Recuperó su paz y continuo bailando cada vez más entregado, hasta que la música terminó lentamente. Apagó el equipo y se recostó a su lado. Ella lo tomó del brazo y se besaron con enorme suavidad.

El sueño fue ganándoles. Él sintió que su relación con ella se enriqueció de una forma que no terminaba de entender. Ella antes de quedar dormida creyó, casi tenía la seguridad, de reconocer en aquel beso, el sabor a helado de dulce de leche.

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