Nubes

La Gruta, enero de 1998.

Estando yo de visita por Mendoza, mi hermano me presento a un hombre que trabaja con él, un verdadero amante de las montañas: Jorge Zorrilla.

Con la generosidad que lo caracteriza se ofreció a llevarme a uno de los cerros más bajos del llamado Cordón del Plata, el cerro San Bernardo de "apenas" 4.550 metros de altura, donde yo tendría la posibilidad de probar mi estado físico y mi reacción a la altura.

Me pasó a buscar en su auto a una hora tan temprana que prefiero olvidar. Apenas hubo luz descubrimos que el día se presentaba nublado.

Comenzamos a caminar en Vallecito, un centro de esquí cercano. El paisaje apenas tenía vegetación, muy rocoso, pero sin dudas hermoso.

Seguía a Zorrilla por donde él indicaba, lo que en castellano quiere decir: en línea recta y para arriba. Acostumbrado a senderos de tierra en valles de bosques, quede sorprendido por la dureza de esta interminable escalera de roca que teníamos por delante.

Subia aprisa y casi sin pausa, intentando no pasar vergüenza frente a Zorrilla que subía con una facilidad pasmosa y sin ningún signo de cansancio.

Por momentos nos envolvía una neblina inquietante. Pero para mi alegría mientras subíamos salió el sol, que comenzó rápidamente a calentarnos. Tiempo después paramos para hacer el primer gran descanso.

Me senté en la roca que tenía delante (el próximo escalón a vencer) y mire el paisaje quizás por primera ves, ya que estaba demasiado concentrado en subir rocas y no retrasarme.

Mi sorpresa fue enorme cuando me di cuenta que en realidad no había salido el sol. El día seguía muy nublado. Lo que había ocurrido es que de tanto subir ¡habíamos superado las nubes!.

Ahí estaba yo, sentado en una enorme roca frente a una alfombra de nubes que llegaba al horizonte, solo interrumpida por otros picos.

Tomé agua de unas botellitas plásticas de 1/2 litro de gaseosa que usaba de cantimplora y comí unas peras abrillantadas que me ofreció Zorrilla, tratando de reponer fuerzas.

Seguimos camino rumbo al sol.

A pesar de mi mejor voluntad, rápidamente quedaba exhausto, no solo debido a mi regular estado físico sino también como consecuencia de la altura ya que cuanto más subíamos era menor la presión atmosférica y existe menor concentración de oxigeno en el aire.

Zorrilla se encargaba de animarme con mentiras: -Falta poco, es ahí nomás, ¿ves?

Después de transpirar mucho llegue a un punto donde pudo señalarme la cruz de la cumbre. Esa es la vista que más alienta a seguir.

Llegué a la cumbre casi empujado por Zorrilla, me senté al pié de una cruz metálica que remata el cerro. En ella una placa recuerda a dos grupos de montañistas que murieron intentando llegar a esa cumbre.

Agradecí a Dios, a la montaña y a Zorrilla permitirme llegar hasta ahí y sin siquiera moverme me dedique a respirar.

Debajo de una roca encontramos el testimonio que dejaron los últimos montañistas que subieron, para acreditar que llegaron allí. La costumbre es llevar ese papel y dejar uno propio, luego llevar el papel encontrado al club andino para que sirva de constancia de que esas personas estuvieron en la cumbre.

Bajar se supone es más sencillo que subir, siempre es así, excepto... que tengas resentida una rodilla y pierdas la seguridad en tu pisada.

Fue un proceso lento y tortuoso, lleno de dudas y un poco de dolor. Tardamos apenas un poco menos que en subir, cuando podría hacerse el camino de bajada en la mitad de tiempo. A la generosidad que ya conocía de Zorrilla se sumo una paciencia infinita.

Por fin llegamos a su auto y comenzamos el camino de regreso a la ciudad de Mendoza. Durante el camino la conversación fluyo con naturalidad ¡Ahora podía hablar y respirar al mismo tiempo!

Unos extraños sonidos provenían del asiento de atrás. Sin sorprenderse, Zorrilla me dijo que se trataba de las botellas, en ese momento mucho no entendí a que se refería.

Me dejó en la casa de mi hermano y me despedí agradeciéndole una vez más semejante "paseo".

Un rato después, vaciando mi mochila encuentro las botellitas de gaseosa que utilicé de cantimplora de agua. Cuando en la cumbre terminé el agua, las cerré con fuerza para que no gotearán dentro de la mochila. Se encontraban absolutamente aplastadas debido a que dentro llevaban aire a la presión de la cumbre y al bajar hasta Mendoza la presión del aire las fue paulatinamente aplastando.

Abrí la tapa y la botellita se infló de golpe.

Fue la forma más gráfica posible de entender que en la cumbre de una montaña "se respira otro aire".

Navegant

Jorge Zorrilla

Navegant agotado en la cumbre