Brisa

La Gruta, 18 de septiembre del 2000.

La ciudad de Buenos Aires tiene una línea de subtes que parece un museo rodante: la línea A, con vagones de madera, focos de luz con tulipas y puertas manuales. Los vagones avanzan rezongando y cuando ganan algo de velocidad comienzan a sacudirse de un lado al otro, como si pudieran desarmarse en cualquier momento.

En hora pico, el subte está abarrotado de gente cansada que vuelve a sus casas. Muy apretados unos con otros. Ojos semi cerrados, apoyados donde sea, con zapatos incómodos y con ese olor y calor característicos del subte.

Parte de esa rutina es que ocasionalmente unos músicos toquen desganados algún tema (que aún no aprendieron del todo) a cambio de una moneda.

Esta vez eran dos hombres uno con charango (una especie de guitarrita construida con el caparazón de un animal) y el otro con una flauta que parecía coya. Tocaron su rutina sin mayor entusiasmo. No lograron siquiera abrir los ojos de algunos pasajeros.

Cuanto terminaron, el hombre de la flauta hizo su recorrido con la gorra en la mano. Tampoco hubo mucha suerte.

El del charango parecía afinar su instrumento y comenzó a tocar algo. El de la flauta guardo las pocas monedas mirando a su compañero. Rápidamente tomó su flauta y siguió el tema que surgía cada vez con mayor claridad.

Tocaban una vez más, pero era como si tocaran por primera vez. Estaban haciendo música y se notaba. Algo flotaba en el aire que llamó la atención de varios pasajeros.

Terminaron su tema mirándose. El tren llegó a la estación. - Ahí se fue una chacarera - explicó uno. Sonaron algunos aplausos y se bajaron a esperar el próximo tren.

El tren arrancó lentamente y nos sumergió de nuevo en la modorra de la rutina. Me quede pensando que por un instante en ese vagón sopló un aire diferente. Yo lo sentí. Les debo una moneda.

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