La Gruta, Junio 1995.

Navego.
Soy el navegante de este viaje singular.
Un día cualquiera mi nave estuvo lista,
y empecé tibiamente a imaginar rumbos.
Solté amarras y me alejé del astillero,
mi primer puerto.
Bordeé la costa ganando confianza.
Conocí el placer de navegar.
¿Cuál fue mi rumbo?.
Busqué muchas islas del tesoro.
Escuché muchos cantos de sirenas.
Me dejé llevar por la corriente.
Traté de guiarme por las estrellas.
Invoqué a Neptuno.
Traté de encontrar a Venus.
Navegué en solitario en alta mar.
Surqué transitados mares, más solitario aún...
Traté de conocer los secretos de este mar.
Busqué otros navegantes que me dieran pistas.
Tuve compañeros de viaje;
con otros, solo nos cruzamos haciéndonos señas.
Por momentos, siento el timón en mis manos;
luego el timón es el que empuja mis manos.
Conocí tormentas;
quizás algún huracán.
Pero también he tenido amaneceres, lunas y estrellas.
Rompí muchas brújulas;
todas con nortes diferentes.
¿Cuántos faros me guiaron?.
¿Cuántos faros ignoré?.
Naufragué, me ahogué, morí.
El viaje continua,
aún bajo el agua; o en la tierra; en el aire.
Soy el navegante. Ahora soy la nave.
Pero también fui el agua, el viento, la noche.
El viaje dejó atrás las formas.
Lo que creo ser; ha cambiado.
Lo que soy; ha cambiado mucho más.
He escrito varias bitácoras;
que me recuerdan de donde vengo.
Regresé una y otra vez a mi primer puerto;
donde muchas veces han reparado los daños del viaje.
Conocí otros puertos.
Construyo mi propio puerto;
donde amarrar cuando hay tormenta.
Excavé mi gruta, mi refugio;
donde guardar mis tesoros,
donde hacerme fuerte antes de iniciar otro viaje...
Navego nuevamente,
repitiendo travesías,
buscando nuevos rumbos.
Con cada viaje aprendo y conozco.
Me equivoco, me equivoco, me equivoco.
Aprendo y conozco quien soy.
Soy el navegante.
Navego.
Soy.

Navegant

Juan Manuel Campaya